De época
Composición La Caprichosa
Nov 02, 2026

Oscar Ibáñez, héroe de épocas

Si hubo alguien que nunca renunció a un sueño fue él, si existe la personificación de la esperanza es él.
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Redacción La Caprichosa
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En el pasado hemos gozado de días con el alma vestida de fiesta, con el pecho caliente, con el corazón exuberante. Hemos sufrido el golpe de los noventas -minutos, época- siempre del lado expectante, siempre del lado nuestro. 

Los días de Juan Carlos nos acercaron a la gloria, nos ubicaron como el equipo dispuesto a rebosar de identidad y relucir el juego. Ubicaba al país como una familia en vilo en la sala de casa, esperando con ilusión las siete de la noche. Era encontrar, más que una excusa, la razón exacta de reunirse para dejar llevar la mirada tras un balón. Siempre se contó de las hazañas de Cueto, Cubillas, Velásquez, pero hasta entonces no se tenía el equipo que representara a una generación herida, escondida, dinamitada en lo que cuestiones de amor se tratara. Eran, muchos lo saben, noches de horror y espanto. 

Para volver al brillo y la esperanza, habría que conformar una escuadra digna del peruano que vive el día a día: pujante, corajudo, obstinado, valiente. Oblitas consiguió armarse de lo que mejor sabía, se decidió por convocar a los Reynoso, Carranza, Maestri, Zegarra, pero la pieza angular de un equipo de onces, siempre debe ser el 1. Si de algo padecíamos era falta de seguridad, para calmar los temblores apareció Oscar, así sin la tilde. No necesitaba mayor énfasis y carácter en el nombre, ya lo llevaba impregnado a las manos. Rápidamente se hizo el segundo capitán de una condena llamada selección peruana y fue el héroe de muchos chicos. Solo basta recordar las tantas lunas que miramos con ilusión y ese cielo gris que era el lienzo para dibujar futuros. 

Suena poético todo, pero ha sido la realidad de nuestras vidas. Completamente alejadas a lo que significaría una progresión, un avance. Hemos padecido de días llenos de miedo y noches de espanto. Sin embargo, salimos a flote. En parte, por lo que nos hicieron sentir durante un poco más de 90 minutos esa generación de ilusiones. 

Y si tenemos que apoyarnos en eso último, sabemos lo que es ilusionarse tan rápido incluso con la mentira. Ese héroe que tanto idolatramos se hizo cargo de un momento duro para los capítulos del fútbol peruano: la clasificación al mundial. No resignado con la cercanía de Francia 98, se decidió por salvar un equipo que caminaba en la soledad del Barranco a la medianoche. No era posible y allí estuvo él dispuesto a entregarnos otro poco de esperanza. Triunfar ante Bolivia, empatarle a Colombia y Ecuador fueron atenuantes, la enfermedad ya se había prolongado lo suficiente como para salvarnos en la última. El golpe de realidad, quizá, no dolió lo esperado, pero algo se apagó dentro de todos nosotros. 

Nada nunca fue personal con Ibáñez, hasta que solo nos quedó agradecer por involucrarse con el cáncer del balompié nuestro, por corroer su póster y por tratar de reconstruir algo que él nunca rompió. 

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